EL DIABLO Y EL RELOJERO

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EL DIABLO Y EL RELOJERO y 3 Relatos más de Daniel Defoe — (INTRODUCCIÓN)

¡Si, no me he equivocado! Daniel Defoe no sólo escribió la magnifica obra "Robinsón Crusoe", que recuerdo haberla leido cuando tenía doce años, el personaje de Viernes, etc.

También fue un prolífico escritor, hasta el punto de ser considerado en su Reino Unido, como el "Padre de los Escritores Ingleses", fue uno de los precursores del género de la novela y además también escribió excelentes relatos breves.

Creo que con estos cuatro repletos de fantasmas será suficiente para que lo comprobéis.

TOTO GARCÍA NOGUERA

EL DIABLO Y EL RELOJERO de Daniel Defoe

EL DIABLO Y EL RELOJERO

Vivía en la parroquia de St. Bennet Funk, cerca del Royal Exchange, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta.

Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.

Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielo-raso.

Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.

En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.

Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:

—¡Sube y ayuda al hombre!

Suponía que algo impedía su acción.

Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: "Lo haré inmediatamente".

Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:

—¿Que pasa? ¿Por qué no bajáis al pobre hombre?

Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:

—Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré —y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.

Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.

El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.

Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convenceros de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo.

Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al diablo con tal acción.

Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.

FIN

EL FANTASMA PROVECHOSO de Daniel Defoe

EL FANTASMA PROVECHOSO

Un caballero rural tenía una vieja casa que era todo lo que quedaba de un antiguo monasterio o convento derruido, y resolvió demolerla aunque pensaba que era demasiado el gasto que esa tarea implicaría. Entonces pensó en una estratagema, que consistía en difundir el rumor de que la casa estaba encantada, e hizo esto con tal habilidad que empezó a ser creído por todos.

Con ese objeto se confeccionó un largo traje blanco y con él puesto se propuso pasar velozmente por el patio interior de la casa justo en el momento en que hubiera citado a otras personas, para que estuvieran en la ventana y pudiesen verlo. Ellos difundirían después la noticia de que en la casa había un fantasma.

Con este propósito, el amo y la esposa y toda la familia fueron llamados a la ventana donde, aunque estaba tan oscuro que no podía decirse con certeza qué era, sin embargo se podía distinguir claramente la blanca vestidura que cruzaba el patio y entraba por una puerta del viejo edificio. Tan pronto como estuvieron adentro, percibieron en la casa una llamarada que el caballero había planeado hacer con azufre y otros materiales, con el propósito de que dejara un tufo de sulfuro y no sólo el olor de la pólvora.

Como lo esperaba, la estratagema dio resultado. Alguna gente fantasiosa, teniendo noticia de lo que pasaba y deseando ver la aparición, tuvo la ocasión de hacerlo y la vio en la forma en que usualmente se mostraba. Sus frecuentes caminatas se hicieron cosa corriente en una parte de la morada donde el espíritu tenía oportunidad de deslizarse por la puerta hacia otro patio y después hacia la parte habitada.

Inmediatamente se empezó a decir que en la casa había dinero escondido, y el caballero esparció la noticia de que él comenzaría a excavar, seguro de que la gente se pondría muy ansiosa de que así se hiciera.

En cambio, no hacía nada al respecto. Se seguía viendo la aparición ir y venir, caminar de un lado para otro, casi todas las noches, y siempre desvaneciéndose con una llamarada, como ya dije, lo cual era realmente extraordinario.

Al fin, alguna gente de la villa vecina, viendo que el caballero daba a la larga o descuidaba el asunto, comenzó a preguntarse si el buen hombre les permitiría excavar, porque sin duda había allí dinero escondido. Pues, si él consentía en que ellos lo cogieran si lo encontraban, excavarían y lo encontrarían aunque tuvieran que excavar toda la casa y tirarla abajo.

El caballero replicó que no era justo que excavaran y tiraran la casa abajo, y que por eso obtuvieran todo lo que encontraran. ¡Eso era muy duro de tragar! Pero que él autorizaba esto: que ellos acarrearían todos los escombros y los materiales que excavaran y aparecían los ladrillos y las maderas en el terreno vecino a la casa, y que a él le correspondería la mitad de lo que encontraran.

Ellos consintieron y comenzaron a trabajar.

El espíritu o aparición que rondaba al principio pareció abandonar el lugar, y lo primero que demolieron fue los caños de las chimeneas, lo que significó un gran trabajo.

Pero el caballero, deseoso de alentarlos, escondió secretamente veintisiete piezas de oro antiguo en un agujero de la chimenea que no tenía entrada más que por un lado, y que después tapió.

Cuando llegaron hasta el dinero, los ilusos se engañaron totalmente y se maravillaron sin querer razonar.

Por casualidad el caballero estaba cerca, pero no exactamente en el lugar, cuando se produjo el hallazgo, cuando lo llamaron. Muy generosamente les dio todo, pero con la condición que no esperaran lo mismo de lo que después encontraran.

En una palabra, este mordisco en su ambición hizo trabajar a los campesinos como burros y meterse más en el engaño. Pero lo que más los alentó fue que en realidad encontraron varias cosas de valor al excavar en la casa, las que tal vez habían estado escondidas desde el tiempo en que se había construido el edificio, por ser una casa religiosa. Algún otro dinero fue encontrado también, de modo que la continua expectación y esperanza de encontrar más de tal manera animó a los campesinos, que muy pronto tiraron la casa abajo.

Sí, puede decirse que la demolieron hasta sus mismas raíces, porque excavaron los cimientos, que era lo que deseaba el caballero, y que hubiérale llevado mucho dinero hacer.

No dejaron en la casa ni la cueva para un ratón. Pero, de acuerdo con el trato, llevaron los materiales y apilaron la madera y los ladrillos en un terreno adyacente como el caballero lo había ordenado, y de manera muy pulcra.

Estaban tan persuadidos, a raíz de la aparición que caminaba por la casa, de que había dinero escondido ahí, que nada podía detener la ansiedad de los campesinos por trabajar, como si las almas de las monjas y frailes, o quien quiera que fuera que hubiera escondido algún tesoro en el lugar, suponiendo que estuviera escondido, no pudiera descansar, según se dice de otros casos, o pudiera haber algún modo de encontrarlo después de tantos años, casi doscientos.

FIN

Nota del autor de esta edición: Todo le salió según su plan al propietario, salvo que no pudo continuar sus planes de construcción en la derruida casa, pues las obras de derrumbe duraron 200 años. 

EL ESPECTRO Y EL SALTEADOR DE CAMINOS de Daniel Defoe

EL ESPECTRO Y EL SALTEADOR DE CAMINOS

Cuenta la historia que Hind, aquel famoso asaltante y proscripto, el más renombrado desde Robin Hood, encontró un espectro en el camino de un lugar llamado Stangate-hole, en Huntingdonshire, donde él acostumbraba a cometer sus robos y era famoso desde entonces por sus muchos asaltos.

El espectro se apareció con el traje de un simple ganadero de la zona. Y como el diablo, como podéis suponer, conocía muy bien los refugios y escondrijos que Hind frecuentaba, vino a la posada y, habiendo tomado cuarto, puso en lugar seguro su caballo y ordenó al posadero que le llevara su maleta, que era muy pesada, a su cámara.

Cuando estuvo en ella, abrió el equipaje, tomó el dinero, que estaba distribuido en pequeños envoltorios y colocó todo en más de dos bolsas, que tendrían igual peso a cada lado del caballo, y las hizo tan evidentes como le fue posible.

Las casas que alojan bandidos están pocas veces libres de espías que les proporcionan debida relación de lo que pasa. Hind recibió noticias del dinero, vio al hombre, vio el caballo al que sabía que volvería a ver; averiguó qué camino seguiría; lo encontró en Stangatehole, justo en el valle entre las dos colinas y lo detuvo diciéndole que debía entregarle la bolsa.

Cuando habló de la plata, el ganadero fingió sorprenderse, mostró pánico, tembló y atemorizado y con un tono miserable dijo:

—¡Como puedes ver yo sólo soy un pobre hombre! Por cierto, señor, no tengo dinero —. Ahí mostró el diablo que podía decir la verdad cuando se presentaba la ocasión.

—¡Ah, perro! —dijo él—¿No tienes dinero? Vamos, aparta tu capa y dame las dos bolsas, esas que están a cada lado de la silla. ¡Qué! ¿No tienes dinero y sin embargo tus bolsas son demasiado pesadas para ponerlas de un solo lado? ¡Vamos, termina o te cortaré en pedazos en este mismo momento!—. Aquí se puso fuera de sí, y lo amenazó de la peor manera que pudo.

Bien, el pobre diablo lloraba y le decía que debía estar equivocado; que lo había tomado por otro hombre, seguro, porque realmente él no tenía dinero.

—¡Vamos, vamos! —dijo Hind— ¡Ven conmigo!

Entonces tomó el caballo por la rienda y lo sacó fuera del sendero, hacia el bosque, que es muy oscuro en aquel lugar, porque el negocio era demasiado largo para quedarse en el camino durante todo el tiempo que durara.

Cuando estuvo en el bosque:

—¡Vamos, señor ganadero —ordenó—, desmonta y dame las bolsas al instante!.

En suma, hizo bajar al pobre hombre, le cortó las riendas y la cincha y abrió la alforja donde encontró las dos bolsas.

—Muy bien —dijo— aquí están y tan pesadas como antes.

Las arrojó al suelo, las cortó para abrirlas; en una encontró una cuerda y en la otra una pieza de latón maciza con la forma exacta de una horca. Y el ganadero, detrás de él exclamó:

—He aquí tu destino, Hind. ¡Ten cuidado!

Si él se sorprendió por lo que encontró en las bolsas, pues no había ni un cuarto de penique en la alforja donde estaba la cuerda, más se sorprendió cuando oyó al ganadero llamarlo por su nombre, y se volvió para matarlo porque creyó que lo había reconocido. Pero se quedó sin aliento y sin vida cuando, volviéndose (como ya dije) para matar al hombre, no vio nada sino el pobre caballo.

Yo insinúo que no había allí más dinero que una moneda que la historia dice era escocesa: una pieza llamada allí de catorce peniques y en Inglaterra de trece y medio. De donde se supone que, desde entonces y hasta nuestros días, se dice que trece peniques y medio es el salario del verdugo.

FIN

EL FANTASMA ACUSADOR de Daniel Defoe

EL FANTASMA ACUSADOR

Escuché una historia, que creo verdadera, de cierto hombre a quien llevaron a la corte de justicia bajo sospecha de asesinato, la cual, sin embargo, sabía él que no había poder humano capaz de comprobar. Cuando llegó a declarar alegó no ser culpable y la corte comenzó a perderse en búsqueda de pruebas, pero sólo descubrieron sospechas y circunstancias aparentemente verdaderas.

Sin embargo, teniendo, como tenían, testigos, los examinaron como es de costumbre, de pie sobre un pequeño escalón, para que fueran visibles ante toda la sala.

Cuando el tribunal pensó que ya no tenía más testigos para examinar y que pronto el hombre sería liberado, éste hizo un brusco movimiento hacia el tribunal, como si estuviera asustado. Pero, recobrando su compostura, estiró un brazo hacia el lugar donde los testigos se ponen de pie para dar su testimonio en los juicios y, señalando con la mano, dijo en voz alta:

—Señor, ¡esto no es justo! Esto no está de acuerdo con la ley. Ése no es un testigo legal.

La corte estaba atónita y no podía entender qué quería decir el acusado. Pero el juez, un hombre de mayor penetración, aceptó la insinuación y conteniendo a uno del tribunal que estaba por hablar y que tal vez haría entrar en razón al hombre, dijo:

—¡Silencio! Este hombre ve algo que nosotros no vemos. Empiezo a entenderlo.

Y después, hablándole al prisionero preguntó:

—¿Por qué no es un testigo legal? Yo creo que la corte le permitirá testimoniar con todo derecho cuando venga a declarar.

—¡Oh, Señoría! No es justo. No puede permitírsele —dijo el prisionero, con una confusa ansiedad en su semblante que mostraba tener un corazón audaz, pero una conciencia culpable.

—¿Por qué no, amigo? ¿Qué razones dais para ello? —preguntó el juez.

—Su Señoría, no puede permitírsele a ningún hombre ser testigo de su propio caso. Él es parte, señor, no puede ser testigo.

—Os equivocáis —dijo el juez—, porque vos estáis acusado en nombre del Rey, y el hombre puede ser testigo del Rey, como en el caso de un asalto en un camino; nosotros siempre admitimos que la persona asaltada es testigo legal: sin esto ningún salteador podría ser convicto. Pero oiremos lo que tiene que decir cuando sea examinado.

Así habló el juez, con tal gravedad y de manera tan sencilla y natural, que el criminal contestó:

—Bien, si vos permitís que él sea testigo legal, entonces yo soy hombre muerto.

Dijo las últimas palabras con voz más baja que el resto, pero sin pedir una silla para sentarse. La corte ordenó que le trajeran asiento, pues si no lo hubiese tenido se hubiera desplomado sobre la plataforma. Cuando se hubo sentado, todos observaron que mostraba gran consternación y que levantaba las manos repetidas veces, pronunciando una y otra vez las palabras:

—¡Hombre muerto, hombre muerto!

El juez se sentía algo perdido, sin saber cómo actuar, y toda la corte parecía sumida en una extraña perplejidad, aunque nadie veía otra cosa que el hombre en el estrado.

Al fin el juez le dijo:

—Mirad, Mr... —llamándolo por su nombre—. Solo conozco un camino para vos y lo leeré en las Escrituras.

Y así, pidiendo la Biblia, buscó el libro de Josué y leyó el versículo VII:19: —Y Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria al Señor Dios de Israel, y confiesa y declárame qué has hecho: no me lo encubras.

Ante esto el criminal auto condenado estalló en lágrimas y tristes lamentaciones por su miserable condición, e hizo una confesión completa de su crimen. Y cuando lo hubo hecho, dio la siguiente relación de su caso y las razones que tenía para estar bajo la influencia de tal sorpresa y presión: que él había visto a su víctima de pie en el estrado de los testigos, lista para ser interrogada en contra de él y dispuesta a mostrar el cuello que el prisionero le había cortado; y según dijo, contemplándole de lleno con un terrible continente. Esto lo sumió en confusión, como bien podría suponerse, y sin embargo no hubo real aparición, ni espectro, ni fantasma ni trasgo. Todo había sido figurado por la fuerza de su propia culpa y la agitación de su alma excitada y sorprendida por influjo de la conciencia.

FIN