99 FABULAS FANTASTICAS

El Asno con Piel de León

El Asno con Piel de León 

Un miembro de la Milicia del Estado se había instalado en una esquina de una calle, donde miraba a todos con fiero ceño, y las personas que pasaban por el lugar hacían un largo rodeo para evitarlo, pensando en los horrores de la guerra. En un momento, para causar aún más terror, el hombre echó a andar hacia la gente, pero se enredó las piernas en la espada y cayó sobre los campos de gloria, y entonces todos le pasaron por encima cantando las más dulces canciones.

La Zorra, el Oso y el León

La Zorra, el Oso y el León
Los Ladrones que habían robado un Piano y que no conseguían dividir adecuadamente el botín decidieron recurrir a la ley, y continuaron la disputa mientras
pudo cada uno robar un dólar para sobornar al juez. Cuando no tuvieron más que ofrecer, apareció un Hombre Honrado que por una única y reducida suma obtuvo una sentencia favorable y se llevó el Piano a casa, donde lo usó su hija para desarrollar los músculos de los bíceps hasta convertirse en una famosa boxeadora.

Los Jóvenes y las Ranas

Los Jóvenes y las Ranas
Algunos directores de periódicos estaban ocupados en difundir la inteligencia genera y elevar el sentimiento moral del público. Hacía algún tiempo que trabajaban en eso cuando un Estadista Eminente sacó la cabeza del pozo de la política y, hablando en nombre de los miembros de su profesión, dijo:
—Amigos, os suplico que desistáis. Sé que con eso ganáis mucho dinero, ¡pero tened en cuenta el daño que hacéis a los negocios de otros!

El Pescador Flautista

El Pescador Flautista
A un Director que siempre se jactaba de la pureza, la iniciativa y la valentía de su periódico le apenaba observar que no conseguía suscriptores. Un día se le ocurrió
dejar de decir que su periódico era puro y emprendedor y valiente y convertirlo en eso. «Si no son buenas cualidades —razonó—, es una tontería proclamarlas».
Con la nueva política consiguió tantos suscriptores que sus rivales se esforzaban por descubrir el secreto de su prosperidad, pero él se lo guardó, y al morir se lo llevó consigo a la tumba.

La Lechera y la Cántara

La Lechera y la Cántara
Un Senador se entregó a las siguientes meditaciones: «Con el dinero que obtendré por mi voto a favor del proyecto para subvencionar criaderos de gatos, podré comprar un juego de herramientas de ladrón y abrir un banco. El producto de esa empresa me permitirá conseguir un largo barco negro, enarbolar la bandera de la calavera y las tibias y dedicarme al comercio en alta mar. Con las ganancias de esa actividad podré pagar la Presidencia, que a 50.000 dólares por año me dará en cuatro años…».
Pero tanto tardó en hacer el cálculo que el proyecto para subvencionar criaderos de gatos pasó sin su voto y no tuvo más remedio que volver honrado ante sus electores, atormentado por una conciencia limpia.

La Cigarra y las Hormigas

La Cigarra y las Hormigas
Algunos Miembros de una Asamblea Legislativa estaban haciendo un inventario de su riqueza al final de la sesión cuando apareció un Minero Honrado y les pidió que la repartieran con él. Los Miembros de la Asamblea preguntaron:
—Y tú ¿por qué no adquiriste propiedades?
—Porque —respondió el Minero Honrado— estaba tan ocupado sacando oro de la tierra que no tuve tiempo para acumular nada de valor.
Los legisladores se burlaron entonces del Minero, diciendo:
—Si pierdes el tiempo en diversiones infructuosas no puedes, naturalmente, aspirar a compartir las recompensas de la laboriosidad.

La Liebre y la Tortuga

La Liebre y la Tortuga
De dos Escritores uno era brillante pero indolente; el otro, aunque aburrido, era laborioso. Los dos partieron hacia la meta de la fama con idénticas oportunidades.
Antes de morir, el brillante había sido traducido a setenta idiomas como autor de sólo dos o tres novelas y libros de poemas, mientras que el otro recibió un homenaje del Departamento de Estadísticas de su patria por compilar dieciséis volúmenes de información tabulada sobre el cerdo doméstico.

Las Liebres y las Ranas

Las Liebres y las Ranas
Al enterarse de que eran los peores ladrones del mundo, los Miembros de la Asamblea Legislativa decidieron suicidarse. Compraron mortajas y las pusieron en un
sitio adecuado mientras se preparaban para degollarse. Cuando estaban afilando los cuchillos, unos Vagabundos que pasaban por el lugar robaron las mortajas.
—Vivamos, amigos —dijo uno de los Legisladores a los demás—; el mundo es mejor de lo que pensábamos. Hay en él peores ladrones que nosotros.