EL HUEVO DE CRISTAL

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EL HUEVO DE CRISTAL de H.G. Wells

En 1897, hace unos pocos años, uno de los "padres" y "maestros " de los relatos de Ciencia Ficción, ¡efectivamente!... me estoy refiriendo a Herbert George Wells. Estaba publicando, su luego popular novela "La Guerra de Los Mundos", en la revista "Pearson´s Magacine" en forma de entregas, tuvo la visita de la musa de la inspiración, que le animó a escribir "The Crystal Egg" (en español El Huevo de Cristal), que para mi es uno de los más avanzados relatos breves de ciencia ficción.
La historia habla sobre un dueño de una tienda, el señor Cave, que encuentra un extraño huevo de cristal, que sirve como si fuera una ventana al planeta Marte.
Y no cuento más, pues espero que leáis el siguiente relato, que os prometo que no será el último que veamos de este "monstruo" conocido como H.G. Wells.
TOTO GARCÍA NOGUERA

... HASTA HACE UN AÑO, había cerca de los Siete Cuadrantes, una tiendecilla...

... HASTA HACE UN AÑO, había cerca de los Siete Cuadrantes, una tiendecilla de aspecto mugriento sobre la que estaba inscrito en letras amarillas  borradas por el tiempo el nombre de C. Cave, Naturalista y Anticuario.

Los objetos expuestos en el escaparate eran curiosamente heterogéneos. Comprendían algunos colmillos de elefante y un incompleto juego de ajedrez, abalorios y armas, una caja con ojos, dos cráneos de tigre y uno

humano, varios monos disecados comidos por la polilla —uno sosteniendo una lámpara—, un armario anticuado, un huevo de avestruz o algo así ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. También había, al comenzar esta historia, un trozo de cristal tallado en forma de huevo y pulido con un brillo intenso. Y eso era lo que miraban dos personas que estaban ante el escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra, un joven de negra barba, tez morena y ropas holgadas. El joven moreno hablaba con gestos impacientes y parecía ansioso porque su compañero comprara el artículo.

Mientras estaban en esas, entró en su tienda el señor Cave con restos del pan y la mantequilla del té todavía en la barba. Al ver a estos hombres y el objeto de su consideración se le mudó el semblante. Miró por encima del hombro con aire de culpabilidad y suavemente cerró la puerta. Era un viejecito de rostro pálido y peculiares ojos azules y acuosos. Tenía el pelo de color gris sucio y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas con los talones muy gastados. Se quedó observando a los dos hombres mientras hablaban. El clérigo registró a fondo el bolsillo del pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes en una sonrisa de aprobación. El señor Cave pareció todavía más deprimido cuando entraron en la tienda.

El clérigo, sin más rodeos, preguntó el precio del huevo de cristal. El  señor Cave miró con nerviosismo hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo se quejó, tanto a su compañero como al señor Cave, de que el precio era alto —era, desde luego, muchísimo más de lo que el señor Cave había pensado pedir cuando había puesto el artículo a la venta— y pasó a un intento de regateo. El señor Cave avanzó hasta la puerta de la tienda y la abrió.

—Cinco libras es mi precio —dijo como si deseara ahorrarse la molestia de una discusión inútil. Al hacerlo, la parte superior del rostro de una mujer asomó por encima de la cortina del panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y examinó con curiosidad a los dos clientes.

—Cinco libras es mi precio —repitió el señor Cave con voz temblorosa.

El joven de tez morena había permanecido hasta entonces como mero espectador, observando atentamente al señor Cave. Ahora habló.

—Déle cinco libras —dijo.

El clérigo le miró para cerciorarse de que lo decía en serio, y, cuando miró de nuevo al señor Cave, vio que tenía la cara pálida.

—Es mucho dinero —dijo el clérigo, y rebuscando en el bolsillo empezó a contar sus recursos. Tenía poco más de treinta chelines, así que apeló a su compañero, con quien parecía estar en términos de considerable familiaridad. Esto le dio al señor Cave la oportunidad de ordenar sus ideas y empezó a explicar de manera agitada que, de hecho, el cristal no estaba del todo disponible para la venta. A los dos clientes esto les sorprendió mucho, naturalmente, y preguntaron por qué no lo había dicho antes de empezar a negociar. El señor Cave se turbó, pero se aferró a la historia de que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un probable comprador. Los dos, tomándolo por un intento de subir todavía más el precio, hicieron ademán de salir de la tienda. Pero en ese momento se abrió la puerta de la trastienda y apareció la propietaria

del flequillo oscuro y los ojos pequeños.

Era una mujer de facciones toscas, corpulenta, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave. Andaba pesadamente y tenía la cara colorada.

—Ese cristal está en venta —subrayó—. Y cinco libras es un buen precio. ¡No sé qué te pasa, Cave, mira que no aceptar la oferta del caballero!

El señor Cave, muy perturbado por la interrupción, la miró furioso por encima de la montura de las gafas, y, sin excesiva seguridad, reafirmó su derecho a llevar los negocios a su manera. Comenzó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y algo divertidos, proporcionando ocasionalmente sugerencias a la señora Cave. El señor

Cave, acosado, persistió en una confusa e imposible historia de alguien que se había interesado por el cristal aquella mañana y su nerviosismo se hizo penoso. Pero se aferró a su historia con extraordinaria tenacidad. Fue el joven oriental el que puso fin a la curiosa controversia. Propuso que volvieran al cabo de dos días para dar al pretendido interesado la debida oportunidad.

—Y entonces, hemos de insistir —dijo el clérigo—. ¡Cinco libras!

La señora Cave se encargó de pedir disculpas por la actitud de su marido, explicando que a veces era un poco raro, y, cuando los dos clientes salieron, la pareja se preparó para discutir todos los aspectos del incidente con plena libertad.

La señora Cave le habló a su marido en un tono especialmente directo. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, se hizo un lío con sus...

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